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Cuando Antonio llegó


Cuando Antonio llegó, allá por 2014, Pedro Sánchez se hizo con la secretaría del por entonces Partido Socialista, Podemos parecía haber inventado la política, Felipe VI asumió la Corona antes de que su padre terminara por malograrla y el primer amago de golpe, impulsado por Artur Mas, fue repelido por el Constitucional, qué tiempos.

Cuando Antonio llegó, comenzaba a destaparse que el dinero de los parados había sido invertido en mujeres y sustancias (ERES), que el marido de una infanta iba asaltando negocios a cuenta de su mujer (Noos) y que las comisiones de un fichaje (Neymar) podrían terminar con el presidente de un club.

Cuando Antonio llegó, todavía le llamábamos Toni. A precio de saldo y curtido en el Bayern (10 títulos con sólo 24 años), su primera misión era una trampa: ocupar el hueco que había dejado Xabi Alonso —que cogió el mismo puente aéreo, pero a Alemania—, y hacerlo desde una posición, la de pivote, que nunca había dominado.

Cuando Antonio llegó, el Madrid estaba en el Olimpo de la Décima y todavía nos aprendíamos las estrofas del nuevo himno. Ancelotti cumplía el segundo año de su primera etapa y la dinastía de la BBC comenzaba su tiránico apogeo.

Cuando Antonio llegó, la regla y el compás eran instrumentos exclusivos de los colegios. Con el aplomo de los veteranos de época y la fiabilidad de la tierra, formó el mejor centro del campo de la historia del fútbol moderno junto al sostén de Casemiro y la varita de Luka Modric.

Cuando Antonio llegó, rápidamente percibimos que sería el mejor de todos los alemanes llegados al Bernabéu. Entre Rositzky, Netzer, Breitner, Stielike, Schuster, Illgner, Metzelder, Özil, Khedira y Rüdiger no se juntan malas botas, pero ninguno ha desplegado el mapa del tesoro como Toni Kroos. Hecho del material de las leyendas (se irá con 465 partidos, dos más que Butragueño), en Londres puede conquistar su sexta Champions, como su inseparable Modric, e igualar al eterno Gento.

Cuando Antonio llegó, sus descendientes en el centro del campo blanco no eran más que niños con muchos sueños e insultante edad: Tchouaméni tenía 14 años, Camavinga, 12, Bellingham, 11, y Arda Güler, 9.

Cuando Antonio llegó, sabíamos que su equilibrio entre corazón y cabeza le haría decir adiós en lo más alto. Así lo prometió, y su palabra, visto está, posee la misma fiabilidad que sus pases. Sólo Kroos es capaz de renunciar a la Selección con el objetivo de centrarse en el Madrid para volver de nuevo con su país antes de colgar las botas.

Cada uno elige cómo pasar por la vida, y el alemán ha escogido la independencia y el señorío. Renuncia a los millones de Oriente y a los paseos por América. A Kroos le dejarías las llaves de casa, pero jamás a la novia. Nadie podrá hablar de su declive porque nunca lo vimos bajar de lo más alto. Así lo quiso y así será.