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El legado de Berlusconi


Nadie como Ancelotti, jugador y luego entrenador del Milán, para acercarnos la figura de Berlusconi. En conversación con Valdano, señaló: “Su reto era ganar en dos años y lo logró. Ganamos en 1989 y 1990 la Copa de Europa. Yo lo votaba en Italia, era un genio. Me ha dado palos porque le gustaba hablar de fútbol, pero me llegaban siempre cuando las cosas estaban bien, nunca cuando iban mal”.

Si la lealtad fue una de sus banderas, la otra fue el riesgo. Convertido ya en un empresario de éxito que había cambiado el mundo de la televisión, tuvo claro cuál debía ser el siguiente paso: apostar por el fútbol, ese Santo Grial que traería consigo a las audiencias, pero, sobre todo, lo encumbraría como personaje público antes del salto a la política, su verdadera vocación.

Muchos no lo recuerdan, pero la compra de un Milán endeudado y con un descenso en el pasado próximo, no fue sencilla. Le entregó los mandados a un entrenador con el que compartía la categoría de revolucionario y contracultural. Arrigo Sacchi fue un individualista obsesionado con el colectivo. Su Milán cambió el curso del fútbol desde su propia concepción de entender el juego. No era defensivo, pues la presión la ejercía en campo contrario. Más bien se pareció a una maquinaria perfecta en la que todos los engranajes funcionaban en armonía y de forma coordinada. Tanta matemática y eficaz libreta terminó por desarbolar un fútbol que venía de algo más parecido al libre albedrío, donde el talento se aplicaba sin la convicción de la táctica más férrea.

Una de las víctimas con la que mejor se visualizó el cambio de ciclo fue el Madrid de La Quinta del Buitre. En 1989, después de rozar la final de la Copa de Europa un año antes contra el PSV, los blancos fueron avasallados por el Milán, también en el escalón previo a la gloria. El partido de ida fue igualado y se saldó con empate a uno, pero en la vuelta aquel equipo en el que jugaban Van Basten, Gullit, Donadoni y Ancelotti, aplastó al Real Madrid por 5-0 con la seguridad del que se sabe poseedor de las armas y de la razón. Años más tarde, ya con Capello a los mandos, el Barcelona de Cruyff también probó la medicina milanista (4-0 en la final de la Copa de Europa de 1994).

El segundo gran Milán llegó con Carlo Ancelotti en el banquillo y sus dos Copas de Europa (2003 y 2006). Fueron los años de Kaká, Seedorf o Pirlo y un fútbol donde la táctica aprendió a convivir con la magia de los solistas. Porque, en el fondo, eso era Berlusconi, un solista cuya música fue celebrada por muchos, denostada por otros tantos, pero, sin duda, única en su verbo y gestos.