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Futbolistas con alma de jarrón


Una de las tareas más complicadas cuando estás en la cima es batirte en retirada. Reconocer que tu tiempo ya pasó y que otros alcanzarán tu cota (o la superarán) mientras a ti sólo te queda el papel de observador en la sombra. Qué difícil es lucir cuando pierdes el foco.

Felipe González lo expresó con sevillana claridad cuando perdió las elecciones (1996) al comparar a los expresidentes con los jarrones chinos: “se supone que tienen un valor y nadie se atreve a tirarlos a la basura, pero en realidad estorban en todas partes”. Aunque esto viene de más atrás, de la Antigua Roma, origen y reflejo de nuestro carácter latino. Desde el 63 a.C. hasta el 395 d.C., el 75% de los hombres que la gobernaron murieron de forma violenta, ya sea asesinados, en batallas u obligados a suicidarse. Llegar a la cúspide era complicado, pero infinitamente más lo fue salir con vida de ella. Sin ponernos tan drásticos, la trayectoria de Cristiano, desde que su rendimiento abandonó a su vanidad, refleja claramente el abismo del adiós.

Por lo general, los futbolistas de éxito son chicos que, desde muy jovencitos, están acostumbrados a ganarse la popularidad por sus dotes deportivas y a recibir desproporcionados halagos que ponen a prueba los muebles de su sesera. Cuando llegan al estrellato, la misión más ardua que tienen no es mantener su nivel de juego, sino hacerse acompañar de un entorno saludable, lejos de arribistas y sabandijas. Evitar, en definitiva, en el error maradoniano de que te coma tu personaje.

Hasta que a Cristiano le aguantaron las piernas, su escudero Jorge Mendes le mantuvo en la élite (Manchester, Real Madrid), pero no existe mayor enemigo de la fatuidad que la frustración. Y no sólo porque la edad no perdona, sino por el malentendido de quien asimila el reconocimiento con el número de ceros en su contrato. Salió del Bernabéu en busca del jugador que un día fue y el halago absolutista que pensaba merecer. Pero nunca se terminó de encontrar en la Juventus y abandonó su primer hogar, el United, rompiendo con todo y con todos. Incluso con Mendes. Gracias al portugués, la sátira de Valle-Inclán sobre Unamuno, que decía que cuando entraba el vasco en una sala sólo cabían él y su ego, recupera plena actualidad.

Otra categoría de jarrón la representó como nadie Gareth Bale, el jugador interruptus. Un enigma del que sospechamos que dejó a deber sobre el césped mucho más de lo que ofreció. Ya fuera por sus cualidades innatas, su talento o por su estilo fuera de lo común. La carrera del galés alternó varios géneros literarios; desde la aventura, al transformarse de lateral a delantero, pasando por la tragedia de sus continuas lesiones, y terminando en la comedia que resultó su última campaña en el Real Madrid.

Las cifras de Bale otorgan argumentos a sus defensores. Pocos equipos pueden presumir de su palmarés, coronado con cinco Champions y tres Ligas. Pero resulta chocante que, aun con todo eso, nunca se le recordará como una leyenda. Su pecado no fueron los números, sino ser incapaz de justificar de continuo lo bestialmente diferencial que era. Quizás su diagnóstico es más sencillo del que imaginamos: era un tremendo jugador al que no le gustaba el fútbol.

No sabemos el número de adornos y otros enseres que vestirán las mansiones de Cristiano o Bale, pero, a poco que se descuiden, cuando se miren en un espejo verán reflejados los contornos de un carísimo elemento decorativo.